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Hernan's Blog of Hate!

[ Thursday, April 29, 2004 ]

 

Para no evocar la imagen del papa de Dharma (la de la serie) y acercarme mas a la de San Antonio:
De como llegué al Mayor de San Bartolomé.

Llegué al Colegio Mayor de San Bartolomé en 1989 sin proponérmelo y de descarada carambola. Viejos claustros veneros de heroísmo, ciencia y virtud, culpables de 23 presidentes de la patria y forjadores de innumerables líderes en todos los campos, inmortalizados en un sublime mural de 33 metros por 2.8 de altura, donde estan dispuestos por períodos (colonia, independencia, república y siglo XX) figuras como Pedro Claver, Gregorio Vasquez de Arce y Ceballos, Antonio Nariño, Francisco de Paula Santander, Antonio Ricaurte (el que en átomos voló), Francisco Antonio Zea, Pedro Alcántara, Rufino José Cuervo, Mariano Ospina, José Eusebio y Miguel Antonio Caro, Manuel Maria Marroquin, Laureano y Alvaro Gómez, Roberto Urdaneta y Misael Pastrana, entre otros, y en donde reposan algunas de sus ilustres cenizas; vecino de la Plaza de Bolívar en el centro de Bogotá desde 1604, hace 400 años, cuando fue fundado por padres Jesuitas, entre ellos Bartolomé Lobo Guerrero S.J., quien dio su nombre al colegio, y bautizó bartolinos a miles de estudiantes. Bartolino, real término cachaco, con toda la historia y el linaje que carecen otros, como "meranista".

En 1988 cursaba yo quinto de primaria en el San Bernardo de la Salle, era esfuerzo y competencia sana, sin envidias o malas intenciones, lo que me habia llevado en el tercer bimestre a conformar la terna de la Mención de Honor, distinción otorgada a los 3 mejores estudiantes del bimestre en significativo acto ceremonial. Estaba en la cumbre y me sentía orgulloso. Sin embargo tenía enemigos, de reputación dudosa, me acuerdo de un sujeto de cuarto grado, de apellido Izquierdo, rubio y de gafas, de mi enana estatura, descamisado y siempre con manchas de verde pasto, con el que ya nos habíamos enfrentado tanto verbalmente como a puñetazo limpio, por atravesado. Salíamos corriendo de los salones a eso de las 5:00 PM a los buses escolares para encontrar puesto, y por supuesto Izquierdo estaba siempre en algún lugar dentro del humilde bus ruta 8 que era mi transporte. Una tarde del cuarto bimestre, calendario A, de 1988, donde había logrado una ventana, se subió al bus uno de esos profesores tipo Pink Floyd, y escapáronse las palabras "Ah! otra vez ese viejo maldito!" al notar su temida presencia, sin notar que de pie, cargado, y al lado mio se encontraba el famoso Izquierdo quien sin pensarlo y como por instinto de supervivencia dijo: "Profesor! Mire que Rojas le dijo viejo pendejo!" - "Ah! chino hijuep.!".

Citó a mi señora madre al día siguiente a su despacho. Ella se encontraba profundamente indignada, porque cómo era citada obligándola a faltar a su trabajo que nos daba de comer a mi y a mi hermana en módicas cuotas de $80 diarios? (bueno, $50 mi hermana, que siendo 6 años mayor que yo no paraba de quejarse), más aún cuando su hijo, estudiante modelo, había sido distinguido con la Mención de Honor! Fue, peleó y a pesar de todo me dio la razón, como buena madre. Inclusive, pensaba en someterme al examen de admisión del utópico y arcadio colegio Mayor de San Bartolomé.

Sin embargo, y para sorpresa de muchos, dicha imagen de perfección canónica, infinita e inmutable se desmoronó más rápido que lo que demora en caer el mentiroso o en cantar tres veces el gallo..

Tiempo atrás, mi amigo Andrés (del cual no se nada desde esas épocas de gudiz y covo), moreno él, de cabello churco, flacucho y desgalamido pero mas alto que yo, me introdujo a la poderosa literatura impura, representada en los versos que recita don Juan Tenorio retando a Juan de la Cosa a sacar la espada y acabar con esta guevonada, que, como digno representante de nuestra riqueza cultural y miembro de la fauna social, memoricé con ahínco y precisión absoluta, hasta los días actuales.

Llevaría un par de semanas de memorizado cuando decidí por jocosa iniciativa propia revelar su majestuosidad, para prepúberes de 11 años recien cumplidos, en un recreo a un compañero, Pérez, apellido usualmente acompañado de mala suerte y que en este caso no fue excepción, inquieto y carro-loco estaba en risas mientras soltaba uno a uno los ingeniosos y morbosos versos. Entramos a clase y poco transcurrió antes de que solicitara de mi la fabulosa poesía en medio escrito. Lo hice. En realidad, escrita, parecía mas corta de lo que se creía reproducida de manera oral y con la entonación que puede lograr un intento de juglar colombiano de 5o grado. Leyéndola no paraba de reirse, y lo intentaba al menos cada vez que el profesor (otro, alto y rubio y serio, de escazo cabello, resemblante del padre de Mafalda), sin embargo le pasó el papelito a otro compañero, y este a otro, y de repente, cuando el profesor notó la burla, me la hizo notar a mi, pidió ver que era el objeto de la silenciosa risa para ver si el salón completo se podía reir tambien. "Yo soy Juan Tenorio, el rey de este.. ", interrumpiose al leer, y con determinación decidió escalar la situación al prefecto de disciplina. 11 estudiantes se llevó, quienes habían transformado su burla en llanto ante amenazas de castigo ejemplar. El salón estupefacto, vio cómo después de algunos 10 a 15 minutos me llamaban a mi, honorable estudiante, a rendir cuentas, porque llegando a la causa de los censuradamente bautizados "papelitos", Perez y otro que no recuerdo, en un intento por salvarse de las debidas sanciones, horca familiar incluída, decidieron delatarme los muy sapos, que fueron los que a la larga causaron todo el alboroto al no ser capaces de quedarse en su lugar.

Suspendieron por 15 dias a varios de ellos, no a todos, y a mi me perdonaron la suspención y no citaron a mi sacrificada madre, por aquello de la Mención de Honor y la culpa que genera el rogar, pero lo que no indultaron fue la expulsión, rotunda y definitiva. No fue fácil llevar ese estigma por casi un par de meses, mucho menos cuando, en la reunión final de entrega de notas, no fue entregado a mi madre el talonario de pagos del siguiente año, banco sudameris, y mucho menos un solo comentario, puño y letra del profesor sobre el certificado de notas, de felicitación por el año cursado. Extrañada mi madre me preguntó qué habría sido, a lo cual yo alegué que había hecho conocido mi deseo de abandonar el colegio al terminar el 5o grado, aún cuando no había presentado el examen de admisión del Mayor.

Luego del papeleo, bajamos las escaleras hacia la salida, emocionado y agitado por abandonar lo mas rápido posible aquel claustro para que la verdad quedara oculta y el crimen impune, cruzamos el patio central, y para mi infortunio tambien lo hacia el profesor, a cierta distancia y en sentido contrario. Evadiendo miradas, el profesor hizo un comentario a mi madre, "Si le contaron lo de los papelitos?", mi mamá me devolvió la pregunta, a lo cual yo repliqué en tono bajo, "Si, lo de las palabritas en el bus". A distancia prudente, mi ignorante madre asintió a la pregunta del profesor, quien como que no entendió muy bien si sí o si no, pero se alejó.

Me salvé. Ese fue uno de mis momentos mas memorables de descargue y tranquilidad. Izquierdo, en su afán de joderme la vida, salvó mi imagen familiar (bueno, hasta que empecé a escuchar metal en séptimo). Días después presenté el examen del Mayor y pasé, sin comprender la magnitud de los eventos, y pude presenciar cómo otros contemporáneos en igualdad de condiciones salían llorando junto con sus madres de los listados, al haber perdido la oportunidad de hacer historia y parte del colegio mas antiguo y tradicional de Colombia. Tranquilidad ignorante versus el estrés del informado, que ha contemplado todas los posibles resultados del famoso examen. A los ojos de dichos desafortunados "pan para el que no tiene dientes", pero yo si los tuve. Hasta finales de noveno grado, cuando partí recomendado por el padre rector, el despreocupado Darío Chavarriaga, hacia el Berchmans en Cali, colegio hasta ahora solo del angelito autoempantanado, Andrés Caicedo, y opacado por otros como Farid Mondragón y Manolo Cardona que ni siquiera terminaron. Partí aprobando el año por promedio ante una inminente habilitación de Algebra. Perder el año en el Mayor es salir del Mayor, solo se graduan los invictos. 3 salones de 30 personas de 5 salones de 40 iniciales, conocieron las 3 letras doradas, augurio de eterno laurel. No me gradué del otrora glorioso colegio, de túneles secretos, de tétricas e invaluables obras de arte en su propia cuasi-Catedral de San Ignacio, 4 pisos, 3 patios, criptas y una pequeña capilla sixtina celestial. Pero uno que otro me recuerda, y asistiré a los 10 años de graduación del Mayor, mas no del Berchmans.

Hernán [1:11 PM] -


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